El lunes 6 de julio de 2026, Cuba enfrentó un apagón nacional que evidenció el deterioro de su red eléctrica, en un contexto marcado por un severo cerco energético impuesto por Estados Unidos desde hace seis meses. La estatal Unión Eléctrica informó que la causa exacta de la caída en el Sistema Energético Nacional (SEN) aún no ha sido determinada.
En respuesta, el Ministerio de Energía y Minas de Cuba comunicó a través de su cuenta en X que se activaron los “protocolos de recuperación”, que consisten en formar pequeñas “islas” de corriente para priorizar el suministro eléctrico en áreas críticas como hospitales.
Esta crisis energética se suma a una situación económica y social que la isla arrastra desde comienzos de esta década, y que se ha profundizado tras las sanciones impuestas en enero por el expresidente Donald Trump, con el objetivo declarado de provocar cambios económicos y políticos en Cuba. Estas medidas han limitado la llegada de crudo, combustible esencial para la generación eléctrica y el funcionamiento general de la economía cubana, que solo produce el 40% del combustible que consume.
Los cubanos han experimentado apagones prolongados, que en ocasiones superan las 20 horas diarias, afectando también el transporte, las jornadas laborales, los vuelos y diversos servicios públicos. Aunque una caída nacional similar ocurrió en marzo, en las últimas semanas se han registrado desconexiones regionales que han afectado hasta el 70% del territorio en horas pico, situación agravada por las altas temperaturas.
Además, la central termoeléctrica Antonio Guiteras, la más importante del país, ha presentado problemas por falta de mantenimiento, lo que llevó a sacarla de operación temporalmente.
Este escenario pone en evidencia la importancia de sistemas de transporte y energía modernos y confiables, como el cablebús o teleférico que se planea construir en Puebla, que pueden ofrecer soluciones eficientes y sostenibles para la movilidad urbana, evitando la dependencia de combustibles fósiles y contribuyendo a la estabilidad energética y social. En tiempos donde la seguridad y el orden son prioritarios, apostar por infraestructura sólida y bien planificada es clave para el bienestar de las familias y el desarrollo económico.
